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HistoriasLa nueva directora de la UNESCO contra el velo musulmán Tiene pinta de "romper moldes" la nueva Directora General de la Unesco, Irina Bokova. Búlgara de nacimiento, es la primera mujer y la primera representante de la Europa del Este en ocupar su cargo. Bienvenida, y toda la suerte del Mundo!. Sin embargo, he de reconocer que desde luego empieza muy fuerte su andadura, y me temo que con unas intenciones que no van a ser muy bien recibidas en el Mundo Musulmán. Desde nuestra perspectiva occidental, el burka es una prenda de vestir machista, intolerante y despectiva para a mujer. Expresa el dominio absoluto del hombre por "su" mujer, "su" sirvienta, y "su" propiedad respecto al resto de hombres musulmanes (o no). El burka significa ocultar los encantos y la belleza a quien no tiene derecho a disfrutar de ellos. Y todo esto es probablemente lo que no comparte la Sra. Bokova en su condición de mujer. Sin embargo, un cargo que representa la Cultura a nivel mundial tiene que verse obligado a respetar las voluntades de muchísima gente en todo el Mundo a la que representa. Y actualmente, se estima que más de la mitad de las mujeres de toda la población musulmana en el Mundo (400 millones de los 1300 millones totales de musulmanes) SÍ quieren llevar el burka puesto, y por lo tanto lo legitiman. Habría que analizar las razones de por qué lo quieren llevar (unas por gusto, otras por comodidad, muchas bajo presión) pero el dato está ahí. A estos 400 millones habría que sumar el total de los hombres que también lo apoyan desde la comodidad de su postura (un porcentaje incluso mayor), con lo que podríamos llegar a unos 900 millones de personas en todo el Mundo que a día de hoy defienden el burka. Probablemente un altísimo porcentaje se dé desde regiones campesinas y con índices muy bajos de educación, pero para esto ya estaríamos hablando de otro tema como es el progreso y el desarrollo, para facilitar la inclusión de la mujer sin el burka en la sociedad. Por eso mi postura de hoy tan respetuosa con un tema realmente tan complicado. Burka no, pero desde la comprensión, el desarrollo, la integración y la modernización de quienes todavía lo defienden. Y para todo en la vida, el consenso general es el que decide. Tremendamente esperanzador. Escrito por: Jorge Medina Azcárate LAS MUJERES DE AFGANISTÁN Han pasado ya mas de un año y medio desde que el régimen talibán – calificado por la ONU como el más misógino del planeta- fue derrocado por la fuerzas de coalisión lideradas por los EE.UU. , tras mas de 6 años de dominio en Afganistán. El régimen negaba a las mujeres y niñas los derechos civiles básicos, como educación, salud, asistencia médica, trabajo
Tenían prohibido consultar a un médico varón, y las médicas no podían trabajar. Tampoco podían salir de sus casas sino estaban acompañadas por un pariente varón. Los talibanes habían prometido paz y seguridad después de dos décadas de guerra y violencia, pero lo que les dieron fue presión. El actual gobierno presidido por Hamid Karzai, había prometido construir una nación en las que se garantizara a las mujeres los derechos. Y desde que empezó la guerra, en octubre de 2001, Estados Unidos prometió 15.000 millones de dólares para ayudar a la reconstrucción del país, pero hasta ahora sólo se distribuyó un tercio de esa cifra.
Los afganos confían la seguridad a tropas extranjeras hasta que se establezca su propio ejército, y en la ayuda externa para ingresar en el siglo XXI. Pero las mujeres han descubierto que su esperanza de un nuevo Afganitán está muy lejos. Deben luchar contra un patriarcado de siglos, que la guerra ha arraigado, y las pocas que han logrado empezar o retomar sus carreras son voces aisladas en un mundo de hombres. Pero no se rinden. La ley patriarcal "Me temo que estaremos aquí mucho tiempo", dice Rahima, de 35 años, mientras se acomoda el velo y alza a sus dos mellizas. Aquí es la cárcel de Kabul para mujeres donde Rahima pasa sus días con otras 28 afganas y sus respectivos hijos, que son encarcelados con ellas. Rahima dice que fue a prisión por negarse a casarse con su cuñado después de la muerte de su esposo,rechazando así la costumbre tradicional afgana. Huyó de la casa de su familia política y su cuñado la hizo arrestar. "Muchas se fugan de sus casas con un hombre y, para un gobierno islámico, ése es un gran delito", dice Khatol, la guardiana, que ha trabajado diez años en la cárcel. "Me entristece verlas aquí, pero cometieron errores. Deberían haber tenido matrimonios verdaderos, no por amor." Aun en la relativamente cosmopolita Kabul las mujeres todavía cumplen, por costumbre, algunas de las reglas más represivas de los talibanes: muchas siguen usando el burka, un velo que las cubre de la cabeza a los pies, y casi todas necesitan el permiso de su esposo para consultar a un médico. Fuera de Kabul, sufren aún más. Temor por la vida
Cuando una mujer está embarazada, los afgailos dicen que está enferma. En la Maternidad Malalai, la mayor del país, las mujeres son dadas de alta pocas horas después del parto por la enorme demanda de camas. Pero el 97% de las mujeres afganas da a luz en sus casas porque tienen prohibido consultar a médicos varones y casi nunca disponen de medios de transporte para llegar a un tratamiento médico. Un informe reciente de Médicos por los Derechos Humanos indica que el 40% de las mujeres que mueren durante su período de fertilidad es por complicaciones en el parto. La Maternidad Malalai está rodeada por un muro de cemento construido por los talibanes, con dos ventanucos diminutos. Del otro lado acampan los hombres que esperan a las mujeres internadas; sigue sin permitírseles entrar, como durante el gobierno de los talibanes, y hablan con sus esposas por los diminutos ventanucos. "El régimen talibán ya no está -dice Suraya Dalil, una médica afgana que participa en la Iniciativa Maternidad Segura, de Unicef-, pero su muro sigue en pie." Nuevas libertades Algunas mujeres de la ciudad empezaron a asistir a la escuela, a sus trabajos, o a ir de compras sin la compañía de un hombre, pero son minoría. Han sido testigos y víctimas de los cambios más drásticos durante las décadas pasadas. En la década del 60 tenían trabajo, educación, representación en el gobierno, opciones; durante el mandato sin ley del gobierno talibán, sus derechos fueron más y más restringidos. Nazyfa Satar, una ginecólogo especializada en Paquistán, regresó a Kabul en abril. Había huido en 1991, después de que los mullahdin allanaron su casa, golpearon a su padre y su hermano casi hasta matarlos, robaron todas sus pertenencias e intentaron encontrar a Nazyfa y a su madre, presumiblemente para violarlas y secuestrarlas. Afortunadamente, las dos mujeres se habían ocultado en la casa de un vecino y no fueron halladas. Pero la doctora Satar regresó porque desea ayudar a su gente, y divide su tiempo entre el hospital Maywand, en las afueras de Kabul, y una clínica que dirige en la aldea de Tangi Saidan, a una hora de la capital. En esta última, inaugurada en julio de 2002 con fondos de la Fundación Internacional para la Esperanza, Satar atiende hasta 150 pacientes por día. "Me levanto a las 5 de la mañana y trabajo hasta medianoche", dice. En las reuniones con los ancianos de la aldea y los miembros de la fundación, la doctora Satar se encuentra flanqueada por grandes hombres de barba, y puede hablar en presencia de ellos, pero sólo cuando le formulan una pregunta directa. los códigos culturales. Una trabajadora del Comité Internacional de Rescate contó la historia de una aldeana que le dijo que deseaba que volviera el régimen talibán. "Pensaba que entonces había igualdad -dice la trabajadora-, que los talibanes habían devuelto a su lugar a las mujeres educadas. Las mujeres rurales no sufrieron más de lo habitual en ese período." Lo que las mujeres rurales de Afganistán todavía no advierten es que su sufrimiento sólo se apaciguará con ayuda de mujeres como la doctora Satar, que aprovechan al máximo la pequeña libertad que se ha abierto para las mujeres del país. "Durante la época de los talibanes, creí que perderíamos a nuestro país -dice la doctora Satar-. La gente es pobre y no puede mantener a sus familias, pero las mujeres son más felices. Sienten que otra vez son seres humanos." Verdaderas esperanzas Los hombres no son los únicos que se resisten al cambio de los códigos culturales. Una trabajadora del comité internacional de Rescate contó la historia de una aldeana que le dijo que deseaba que vuelva el régimen talibán. Pensaba que entonces había igualdad, dice la trabajadora, que los talibanes habían devuelto su lugar a las mujeres educadas. las mujeres rurales no sufrieron más de lo habitual en ese período. Lo que las mujeres rurales todavía no advierten es que su sufrimiento solo se apaciguará con la ayuda de mujeres como la Dra. Santar, que aprovecha al máximo la pequeña libertad que se ha abierto para las mujeres del país. “Durante la época de los talibanes creí que perderíamos a nuestro a país- dice la doctora – la gente es pobre y no puede mantener sus familias, pero las mujeres son más felices. Sienten que otra vez son seres humanos. MADRID.- Se puede tener una idea a través de fotos y documentales, pero en mi caso nada de eso superó el primer contacto directo que tuve con una mujer que vestía una burka. Fue hace ya más de dos años, cuando cubrí la guerra de Afganistán, pero no lo olvido la larga túnica celeste que caía con ruedo desparejo y Oue, en su paso, arrastraba el barro de la calle siempre parece haber barro y polvo en esas callejas- y la rejilla a la altura de los ojos por la que no supe si descubrió la impertinencia de mi curiosidad ante aquella visión reveladora de un abismo entre culturas. instuí que era una mujer joven, pero no puedo decid o con certeza. Luego vi otras muchas, muchísimas. Huidizas, casi siempre temerosas ante el intento inicial por establecer contacto. En lo personal, comprendí que la burka es muchas cosas, pero también una metáfora del abismo cultura entre el llamado mundo árabe y Occidente y del que sólo se conoce la epidermis. La incapacidad de ir más allá de la suerte corrida por ese espantoso vestido es nuestra propia burka, tan asfixiante como la que aún usan las mujeres afganas y tan limitante, sólo que -en nuestra certeza de superiores- menos evidente que ese género tosco y opresor. Las mujeres de Afganistán sufren mucho más que una burka. Tienen hambre, carecen de escuelas para sus hijos, de médicos y hasta de agua. Sus hombres mueren como moscas en una guerra que aún no terminó, por mucho que Washington diga lo contrario, y que desangra una tierra seca que antes fue próspera y que ahora, entre lo poco que tiene, figuran enormes campos de cultivo de droga. Sé que muchas de esas mujeres se pondrían no una sino mil burkas si pudieran dar respuesta al ruido de la panza de sus hijos, iluminar el analfabetismo en el que crecen y arrasar con las infecciones que se los llevan. Lo peor de todo es que Occidente sólo mira la burka. Y desde que abandoné esa tierra no dejo de preguntarme quién es el que la tiene puesta. Mujeres de Kabul Kabul, marzo de 1998. Llueve desde hace diez días en la capital afgana en ruinas, y las callejuelas del enorme bazar central no son más que inmensos lodazales. Arrastrando los pies, los kabulíes, envueltos en la delgada túnica que les sirve de manto, deambulan por las calles. Hay hombres, pero pocas mujeres. En ese país en guerra desde 1 979,la mujer está sometida actualmente a una ley implacable. En pocos meses han arreciado las prohibiciones sobre una población femenina desarmada y atemorizada. Prohibición de pasear solas por las calles: como fantasmas, las mujeres avanzan rozando las paredes en grupos de dos o de tres, ocultas bajo el chadri, un velo total que sólo deja pasar su mirada a través de una rejilla de tela. Prohibición de trabajar, de estudiar. Y, colmo dé males, de recibir atención médica en los hospitales públicos. Desde 1997 sólo tienen acceso a las clínicas privadas que no pueden pagar o a un hospital destartalado, sin agua, sin electricidad, sin calefacción y sin quirófano. En otras palabras, un sitio al que sólo se va a morir. En el Afganistán de los talibanes, “estudiantes de religión”, sólo los médicos varones pueden ejercer en los hospitales, pero no tienen derecho ni a atender ni a operar a una mujer. El doctor Shams, que tuvo que dejar morir a su prima sin poder brindarle los cuidados indispensables, da rienda suelta a su ira: “Los talibanes no son más que extremistas, militares que imponen su voluntad al pueblo por la fuerza. Son salvajes, que no consideran a la mujer como un ser humano y la han relegado a la categoría de animal”. El doctor Shams está casado, pero no tiene hijos: “Si por desgracia tuviese una hija, ¿cuál sería su futuro?” [...] En Kabul 13% de las mujeres son jefes de familia. Deben alimentar solas a sus hijos, aunque les está prohibido trabajar. Desafiando los palos que les propinan los jóvenes talibanes de la milicia “de promoción de la virtud y prohibición de los vicios”, algunas vagan por las calles, mendigando al azar una magra ración. Otras hacen cola ante los centros de las organizaciones humanitarias. Pero en julio de 1998 los talibanes expulsaron a las treinta ONG que actuaban desde hace años en la capital en ruinas. Hoy día permanecen en Kabul las Naciones Unidas que el pasado mes de mayo suscribieron un compromiso con los talibanes. Dicho compromiso afirmaba, en particular, que “la condición femenina en el país debía transformarse de acuerdo con las tradiciones afganas e islámicas”. Sin la presencia de las ONG, que les procuraba algo de dignidad y permitía a algunas médicas y enfermeras seguir trabajando, ¿cuál es el futuro de esas mujeres cuya existencia niegan totalmente los hombres que controlan el poder? Con la partida de los occidentales, ¿los talibanes harán aún más férrea la ley que les permite ahorcar, lapidar, cortar manos en público? Pese al terror que reina en el país, las mujeres no vacilan a veces en rebelarse. Bajo el chadri, Shamira lleva un vestido largo. Tiene anillos en las manos y las uñas de los pies pintadas. En su rostro ovalado brilla una mirada penetrante y levemente temerosa. Antes de que llegaran los talíbanes, Shamira eracatedrática de derecho en la Uni versidad de Kabul. Hoy enseña inglés en una de las numerosas escuelas clandestinas de Kabul, que reciben a unas ochocientas muchachas. En dos oportunidades durante la entrevista, Shamira se levanta y se acerca a la puerta. Cuando le pregunto qué teme, me responde que los vecinos podrían oírnos y avisar a los talibanes. En Afganistán la delación es un mecanismo que funciona bien. Frente a tanta aprehensión, le pregunto: Silos talibanes llegaran ahora, ¿qué pasaría? La respuesta zumba como un latigazo: "Nosotras seríamos ahorcadas y ustedes arrojadas a un calabozo" ¿Por qué correr entonces tantos riesgos para enseñar clandestinamente? queremos aprender. Ustedes son mujeres libres, pueden leer, estudiar, pensar. Pues bien, las afganas aspiran a otro tanto. Los talibanes nos prohíben estudiar, pues tienen miedo de que nos rebelemos. Somos educadas, ellos son incultos, es eso lo que los asusta.” En la habitación contigua, las alumnas de Shamira repiten una lección de literatura inglesa en un murmullo. Será uno de sus últimos cursos. Algunas semanas más tarde los talibanes entran a la fuerza en todas las escuelas clandestinas, destruyendo cuanto encuentran a su paso. ¿Qué ha sido de esas muchachas que cifraban todas sus esperanzas en el aprendizaje de esa lengua prohibida para huir del país? Una esperanza frágil pues, como sólo tienen frente a ellos una oposición debilitada, los talibanes avanzan de victoria en victoria y controlan ahora más del 80% del país. Elizabeth Drévillon, El Correo de la Unesco, octubre 1998. UN POCO DE HISTORIA En agosto de 1994, el mulah Mohammed Omar Akhund iniciaba en la ciudad afgana de Kandahār un movimiento fundamentalista islámico que tenía por protagonistas a los talibanes. Después de la invasión soviética (1979-1989), Afganistán es un país en plena guerra civil, donde diversos grupos se disputan el poder. Aprovechando tal situación, los talibanes ocupan de forma progresiva la mayor parte del territorio y, en septiembre de 1996, toman Kabul. Tras el exilio del presidente Burhanuddin Rabbani y del primer ministro Gulbuddin Hekmatyar, así como de la pública ejecución del último presidente pro soviético, Muhammad Najibullah, los talibanes instauran un régimen de cáracter rigorista, que sólo reconocen algunos países (como Pakistán) y que, en cambio, ante las constantes violaciones de los derechos humanos que perpetra, merece la casi unánime condena de la comunidad internacional. Ésta sigue considerando legítimo al gobierno en el exilio de Rabbani, que consigue unir contra los talibanes a los distintos grupos guerrilleros, antes enfrentados, en la denominada Alianza del Norte, que conserva el control de la parte septentrional del país. El burka o burqa y otras prendas de la mujer musulmana
El burka o burqa es un tipo de velo opaco que se ata a la cabeza y cubre la cara a excepción de una franja situada a la altura de los ojos. El burka completo o burka afgano cubre el cuerpo y la cara enteramente, llegando hasta los tobillos. Lleva una rejilla de tela para permitir la visión. El niqab no lleva la rejilla, dejando los ojos al descubierto. Cubre también todo el cuerpo.
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